Esto lo arreglo en dos patadas

Sentido común es indignarse cuando te toman por tonto.

Tres Mil Doscientos Ochenta y Siete

Esos son los días que han pasado desde que nos despertamos con todos los medios de comunicación anegándonos en datos y más datos, confusos, contradictorios y, por desgracia reales sobre la masacre de hace nueve años. Nueve añazos. Y seguimos como estábamos. O peor. Las pistas más frías, lo que falta por saber cada vez más enterrado, la sociedad cada vez más cómoda porque el tiempo hace que cada vez sienta menos la necesidad de hacerse preguntas incómodas.

Seguimos igual en el total desinterés de los sociatas que se beneficiaron de los bombazos. Seguimos igual en la incomprensible, al menos para mis limitadas meninges, falta de interés por parte de los peperos a los que arrebataron el resultado electoral a golpe de desinformación y agit-prop.

Seguimos igual en el olvido general hacia los muertos, heridos y afectados. Seguimos igual en el olvido general hacia los familiares de los anteriores.

Seguimos igual en el asqueroso sectarismo de las izquierdas que aprovechan actos de homenaje para largar su aburridísimo y caduco mensaje.

Al menos seguimos igual, también, en que yo sigo sin olvidar. Sigo sin saber. Sigo queriendo recordar y saber.

Memoria, dignidad y justicia. Por favor.

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2 Respuestas a “Tres Mil Doscientos Ochenta y Siete

  1. torpe-do 03/12/2013 en 09:16

    De acuerdo contigo.

    Un breve comentario, dado que nadie está interesado en seguir investigando, al menos entre nuestra casta político-judicial-mediatica (salvo cuatro que apenas tienen repercusión), creo que no sabremos nunca lo que hay detrás de este atentado.

    Casos de este tipo tenemos unos cuantos en nuestra historia.

    Quizás, con un poco de suerte y tras desclasificarse informes de servicios secretos varios dentro de muchos años, es posible que algún historiador pueda acercarse a la verdad. Pero cuando justicia ya no se pueda hacer.

    Mientras tanto, en nuestras manos está continuar sosteniendo las otras dos patas de la silla: la memoria y la dignidad

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