Esto lo arreglo en dos patadas

Sentido común es indignarse cuando te toman por tonto.

El hombre y la tierra (vasca)

Otra vez julio y otra vez San Fermín. Estaba yo en Pamplona pasándomelo en grande. Son esos días eternos de julio, llenos de luz, buen tiempo y mejor humor, en los que se vive una felicidad protegida por un escudo invisible. Un escudo formado por la mezcla de ingenuidad y juventud, de inexperiencia y vitalidad, que en realidad no es sino una venda en los ojos autoimpuesta por el anhelo de aventura, diversión y vivencias. Hay gente sufriendo en los hospitales, muriendo de hambre. Pero esos tres días sentías merecerte el derecho a olvidarte de todo.

Salimos de Navarra con el objetivo conseguido y dispuestos a repasar todas nuestras vivencias, cuando el cuerpo dijo basta y el sueño arrasó, cual helada de marzo, un brote prematuro de charla que pugnaba por crecer justo cuando la fatiga que conllevan los excesos se hace más presente, en el primer trecho de la vuelta a casa.

Al despertar, no recuerdo bien donde, me enteré de que un joven concejal del País Vasco había sido secuestrado por ETA. En ese instante no me quedé con un nombre, un apellido y una localidad que no olvidaré mientras tenga uso de razón.

La fiesta se suspende cuando las hordas de la angustia asaltan la alegre ciudad que acababa de dejar. El shock inicial deja paso a la comprensión de la situación; los mozos y mozas se quitan el pañuelo en plena fiesta, dándola por concluida, y los atan a la puerta del ayuntamiento para decirle al mundo que Pamplona y sus visitantes están unidos en evitar desde sus modesta posición, el crimen más cruel, cobarde y aterrador que podían imaginar; y todo estaba pasando allí mismo, a pocos kilómetros de la capital de Pompeyo.

Cada julio de mi vida, cuando la tele da el chupinazo, recuerdo con alegría esos años de fiesta; pero inevitablemente llega el día diez para recordarme que vivo en un mundo cruel, para que no olvide que las personas no son iguales. Quizás sí a los ojos del Creador, pero no a los míos, unidos a un cerebro muy corto de entendederas.

Cada diez de julio, el aniversario del asesinato destruye toda la red labrada a lo largo de mi educación y mi desarrollo personal; una red que soportaba mi creencia interior en de la bondad del ser humano. Lamentablemente, desde entonces no he sido capaz de reconstruir el endeble cimiento. Bien al contrario, lo que vengo observando desde el año noventa y siete, me provoca el abandono de la obra. Últimamente no hago sino contemplar con nostalgia y autocompasión su transformación en ruina, sin que sienta el más mínimo ánimo de reparación.

Al principio no fue así. Los días siguientes al maldito trece de julio de mil novecientos noventa y siete, sentí la unión de un pueblo que por encima de ideologías políticas más o menos legítimas, decía basta a una banda de asesinos que habían llegado demasiado lejos en su infamia, en su crueldad intolerable, en su criminalidad extrema, en su cobardía vergonzosa y en su carencia absoluta de humanidad y compasión. Con semejantes valores, con esa ética, un rechazo higiénico se impuso desde todas las partes, incluidos aquellos que compartían fines con la ETA, e incluso se beneficiaban indirectamente de algunas de sus fechorías.

Brotaba el optimismo de entre la tristeza hasta que, una vez más, la realidad le despierta a uno de sus conceptos íntimos, filosóficos, o tal vez más bien religiosos. El empirismo lo puede todo en mí, y destruye toda mi concepción racionalista de la realidad. Los malditos políticos españoles (vascos incluidos) se encargarían de hacer lo posible para que en beneficio propio, la muerte cruel e indignante de un joven inocente, tras una ejecución anunciada, sin posibilidad alguna de defensa, y la reacción de un pueblo entero ante semajante infamia, quedara en agua de borrajas.

Primero vino Ibarretxe y su “Estella”, luego Rubalcaba, Montilla, López y Zapatero. Para entonces, pesaba que la mitad de los seres humanos eran decentes, y la otra mitad, indecentes, ignorantes, extremistas o bobos engañados. Entonces millones de personas salíamos a la calle convocados por buena gente ayudada por un partido político que sumó todo su poder organizativo a una noble causa, a luchar contra todas estas legiones de indeseables.

Pero luego vino la oportunidad de marcar para el ariete gallego, que seguramente por su constitución morfológica, no pierde la oportunidad de cabecear a la red cualquier ocasión que las circunstancias le ponen a tiro. Entonces, ya no sólo dejamos de echar de menos a Redondo Terreros en el PSOE. Se nos apareció de entre la más absoluta perpejlidad un PP sin María San Gil y sin Ortega Lara, fruto de los regates del delantero centro atlántico que mora en el último piso de Génova.

De doce meses a esta parte, el pozo sin fin de la desesperanza se ha apoderado de mi. El tribunal de Pascual, el mamoneo de Génova y Ferraz para no renovarlo, las elecciones autonómicas, el tribunal de Pascual otra vez, el  de Estrasburgo (que debe de ser como el de Pascual pero con mucho mejores sueldazos) y un largo etcétera que no es objeto de este artículo, me han clavado a una tabla en la que aparece un grabado que define al ser humano mediante su mapa genético. Contra algo tan exacto y científico, poco puede hacer mi lado humanista para liberarse. ¿Cómo voy a pensar que esta gentuza es fruto de una naturaleza bondadosa?

De todos los episodios, el que más duele, sin duda, es el de las elecciones locales y autonómicas. Ver que un pueblo da su apoyo mayoritario a un partido que no ha hecho sino promover la existencia de la banda de criminales más salvaje de nuestro continente, me deja perplejo, sin explicación racional posible a los hechos; avergonzado de ser español. Gracias a Dios que no soy vasco.

No obstante, cuando la condena al pozo sin fin de la desesperanza parece irrevocable, surge el ejemplo de las grandes personas. Y el empirismo te dice que también existen, y que no son tan pocas. Entonces ves el coraje, el valor, el espíritu de lucha, el ideal de justicia, de humanidad, de solidaridad, de caridad y sí, de bondad, de personas como Mari Mar Blanco, como las que constituyeron el Foro de Érmua, como Ángeles Pedraza y su asociación. Parafraseando a una víctima del terrorismo, en medio de una atmósfera de gases putrefactos, sois oxígeno con el que por fin salir de la asfixia del dolor. Sois la posibilidad de una sociedad mejor, que no transforme la materia humana en algo irreconocible, como lo que puebla el País Vasco mayoritariamente en la actualidad. Y sois la esperanza de aquellos que nos habíamos hundido quince años después.

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2 Respuestas a “El hombre y la tierra (vasca)

  1. El Largo más que atónito 07/16/2012 en 08:01

    Sabias y sentidas palabras, profundo el dolor por la perdida de la vida de un justo inocente y por la perdida de fe en la humanidad.
    Miguel Ángel, descansa en paz lejos de la iniquidad que puebla la tierra por la que en vida quisiste trabajar.

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