Esto lo arreglo en dos patadas

Sentido común es indignarse cuando te toman por tonto.

Obediencia Indebida

Hace ya la torta un pan de años, cuando Argentina transió a la democracia, o a lo que los Peronistas entienden como tal, se dió mucho bombo informativo a una expresión bastante curiosa para que, si no recuerdo mal, los militares por debajo del grado de teniente no tuvieran que responder ante la justicia por sus desmanes durante la dictadura militar de Videla y sus alegres y aguerridos muchachotes. La expresión era “obediencia debida”, es decir, se asumía que cierta gente no estaba en condiciones de desobedecer las órdenes de sus superiores por muy asquerosas que les resultaran, y que por tanto no debían pagar por las ilegalidades cometidas mientras cumplían esos mandatos. No deja de ser una manera de vestir el muñeco de una amnistía, una tabula rasa, un volver a empezar tras una dictadura, al igual que aquí tuvimos la Ley de Amnistía del año 77, la equivalente que tuvieron en Chile en el 78, y otras tantas en tantos otros sitios durante periodos transicionales. Por mucho que siempre haya elementos que se sientan agraviados por estas decisiones, y aquí todavía tenemos a mucha gente empeñada en mantener esos agravios vivos, en algún punto hay que ponerse la venda para intentar no volver a una guerra civil, por más que les pese a quienes quisieran llegar a ella.

Ahora bien, no pretendía yo hoy dar lecciones morales a nadie sobre la tan cristiana virtud de perdonar, puesto que soy uno de los primeros culpables de recordar agravios y pretender que quienes los han cometido paguen por ellos, sino de la indebida obediencia de mucha gente, especialmente en el sector público, hacia los cargos políticos que se dedican a pulirse la hacienda de todos en farlopa y putas.

Especialmente sangrante es el caso andaluz, del que cada vez vamos sabiendo más gracias a que se han alineado los astros de una juez decidida a ir contra los políticos y el cambio de tendencia política en esa taifa en particular. Lo que me resulta especialmente desagradable es que Pepote, Chaves, Griñán y todos sus cómplices hayan estado en la butaca durante treinta largos años y sólo ahora que los alisios políticos soplan para el otro lado se empiecen a saber cosas. Esto no habla sino de una cobardía y un apesebramiento lamentables por parte de quienes hacían como los tres monitos durante todos estos años cuando era un secreto a voces que el PER era una estafa, que los EREs lo eran aún más y que Sevilla seguía siendo el patio de Monipodio. Cualquiera que haya vivido en Andalucía sabe de lo que hablo, y ha conocido más de cuatro ejemplos de la desfachatez con la que los afines al omnímodo poder del PSOE en la mayoría de las provincias andaluzas se pasaban la legalidad, la ética y la estética por la entrepierna. Era tal la descomposición moral de la región que a pesar del manifiesto latrocinio del dinero público por parte socialista, bastaba con que en cualquier campaña electoral nombrasen “ar zeñorito” para que volvieran a salir elegidos para otros cuatro años de buen vivir a costa del contribuyente. Y no pasaba nada, porque el que más y el que menos al final pillaba algo para vivir y luego  seguir sacando su dinerín de las olivas, la fresa, el chiringuito veraniego o el invernadero.

En el colmo de la locura, ahora resulta que a un tipo al que le dió por grabar a su jefa mientras le ordenaba que se inventase unos folios para seguir trincando le han presentado querellas por publicar esas grabaciones. Mientras, un pollo con pinta de garrulo se despacha con toda la chulería del mundo a la puerta del juzgado, parapetado tras unas muy folclóricas gafas de sol, diciendo que no tiene conciencia de haber hecho nada malo. Mientras, el último jefe de todo el tinglado, un joven valor de la política llamado Griñán sale en la emisora amiga diciendo que son todo conspiraciones para enmierdar la campaña electoral. Es todo de un absurdo que dudo que a ningún autor cómico o de terror se le llegara a ocurrir algo así.

Ah, y no descarten que al de la grabación lo empuren por coartar la creatividad de su jefa, que el garrulo se vuelva de rositas a meterse polvitos por las tochas mientras se beneficia a unas meretrices, y que al jovenzuelo progresista lo vuelvan a elegir democráticamente. Rinconete y Cortadillo eran unos aficionados.

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