Esto lo arreglo en dos patadas

Sentido común es indignarse cuando te toman por tonto.

Harto

El sábado, mientras preparaba la comida en medio de una importante resaca tras compartir unas agradables libaciones y una aún más agradable tertulia con amigos, escuché en la radio a la X más oronda del alfabeto español decir que estaba “harrrrrrrrrrrto”, así con todas esas erres. Lo hacía al apoyar a la nacionalista charnega y borderline Chacón en el navajeo ese que se traen con la víbora alopécica del Faisán y el 11-M por ver quienes se quedan mandando en esa cueva de Alí Babá tan moderna en la que caben muchos más de cuarenta que pretende ser la única alternativa viable al deportista de la babilla. A lo mejor era culpa de la deshidratación y el cansancio, pero conseguí evitar liarme a golpes con la radio por los pelos.

Yo sí que estoy harto. En mi caso tengo muchas más erres que el amiguete de Carlos Andrés Pérez, Carlos Slim y otros muchos grandes prohombres, y voy a proceder a plasmar aquí algunas de ellas, no vaya a ser que ustedes también se encuentren en el mismo caso que yo. Ya saben que a la desesperación le encanta la compañía.

R número 1: Estoy muy cansado de ver como se gasta el dinero de mis impuestos en absurdos proyectos por parte de diferentes paletos. Sin ir más lejos la faraonada de las olimpiadas de Madrid o la compañía aérea de bandera catalana o los gili aeropuertos en lugares en los que los únicos aviones que hacen parada son los que hacen nidos bajo los aleros de las casas.

R número 2: Estoy hasta la zona de los belfos de chorizos, el noventa por ciento de los cuales se van de rositas, no vaya a ser que tiren de la manta y terminen de jorobar la mamandurria a los demás.

R número 3: Una de mis gónadas está hinchada y la otra está a punto de reventar a cuenta de los “agentes sociales” y la pasta que me cuesta que negocien cosas absurdas que luego impiden progresar a quien quiere progresar y que lo único que hacen es defender a los más perros. En el más puro espíritu socialista, se dedican a que haya miseria para todos, para asegurar la igualdad.

R número 4: Me sube la tensión arterial hasta la zona roja del aparato de medida cada vez que un empleado público, al que le pago el sueldo, se permite el lujazo de decir que sus condiciones de trabajo son malas o que su remuneración es baja. Le recomendaría a cualquiera de ellos un par de añitos en la empresa privada. Seguro que después le costaría mucho más poner el grito en el cielo porque le suben la jornada laboral a 37 horas semanales o le congelan el sueldo un año de cada dos. Cada vez que veo a algún imbécil diciendo que hay que defender lo público me entran ganas de defender lo privado, especialmente lo mío, de las garras de toda esta tropa de vagos y maleantes a los que no hay manera de echar por muy incompetentes que demuestren ser.

R número 5: Se me inyectan los ojos en sangre en cuanto veo aparecer en la tele al faranduleo más projeta haciendo causa común de la defensa del peor y más politizado instructor que la judicatura española ha visto durante su breve historia democrática, el mismo que aparcó el autocar que llevaba a la por entonces no tan oronda X caminito de Jerez a cambio de que le hiciera ministro, que dejó volar al narco volador y que, oh sorpresa de las sorpresas, fué el primer juez en presentarse en una de las escenas del crimen el once de Marzo de 2004, convenientemente rodeado de fotógrafos y cámaras de la prensa afín. Conste que estos señores y estas señoras tendrían todo el derecho a defender todas las gilipolleces que su limitado intelecto les hiciera considerar dignas de ser defendidas, pero como siguen viviendo de mi pasta, me jode que en vez de buscarse las habichuelas dediquen su tiempo a poner su sonriente jeta al servicio de siempre los mismos en contra de los mismos otros.

R número 6: Me entran palpitaciones en las sienes cada vez que, incluso con condenas en firme, los chorizos y vividores a costa del erario público no devuelven un pavo de lo que se han llevado crudo. Ahora que lo pienso, creo que no recuerdo a ninguno que haya devuelto ni un duro.

R número 7: Me echa humo la cabellera cada vez que alguien saca a colación el tema de la enseñanza pública, siempre para decir que es magnífica y que habría que invertir más en ella. Con calificarla de maléfica maquinaria para estabular analfabetos creo que ya me va bien en este párrafo. Alguno de estos días me extenderé más en este asunto, en mi opinión uno de los tres pilares fundamentales de una sociedad saludable. Cuando lo haga no se preocupen, que no olvidaré ni a Maravall, ni a Solana ni a RbCb (por entonces todavía Rubalcaba).

R número 8: Tengo que recurrir a recitar mantras budistas cada vez que en alguna conversación de café cualquier anormal desinformado se dedica a repetir los lugares comunes que la maquinaria desinformativa y aborregante del progrerío ha convertido en sustrato de lo que pasa por pensamiento en este desgraciado país. De lo contrario el tocado “taza de café” se empezaría a poner de moda en la cabeza de mucho perroflauta de incógnito.

Como colofón a toda esta sarta de erres, he de recordar a mis lectores que creo firmemente que nada de esto tiene solución fácil ni rápida, y que la solución o soluciones tienen que partir de un estado de derecho capaz de corregir sus fallos desde la educación, la justicia y la igualdad de derechos entre todos los que lo formamos, independientemente de nuestra edad, raza, sexo o religión. Y, por supuesto, independientemente de nuestra región de nacimiento o residencia, de nuestra relación familiar con unos o con otros, de nuestra militancia política o ausencia de ella y de tantas otras cosas que, como no venían reflejadas literalmente en la Constitución, parece ser que hemos dado por sentado que sí tienen relación con como deben tratarnos las distintas administraciones. Es más, vemos todos los días en la tele, escuchamos en la radio y leemos en los periódicos a mogollón de gente que está convencida de ello. También estoy harto de ellos.

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