Esto lo arreglo en dos patadas

Sentido común es indignarse cuando te toman por tonto.

De eso no

Ya he dicho muchas veces que soy una mala persona, pero por si se les había olvidado se lo repito. Soy, además, un mal pensado que tiende a no creerse lo que le cuentan. Soy culpable de cinismo, como ya escribí hace un tiempo. Debo entonar un mea culpa por el sarcasmo que destilan la mayoría de mis expresiones. Tienen razón los que me acusan de irreverente, irrespetuoso y de más de otras cuatro íes latinas con n o sin n detrás.

Ahora bien, no soy culpable de corrección política, y espero mantenerme así el tiempo suficiente como para que alguien llegue con una oferta lo suficientemente jugosa como para que me resulte rentable pecar de políticamente correcto. El único problema es que hasta ahora no ha llegado nadie con la cantidad adecuada y sigo pobre y cabreado.

Esta sandez de hoy viene a cuento de comentarios que me han hecho tres de los lectores habituales de estas barbaridades. A los tres les tengo bastante estima, y además son gente con una cierta preparación, no son macarras poligoneros que lo más complicado que hayan leído en su vida haya sido una señal de prohibido aparcar. Tienen, los tres, una cierta edad con lo cual está descartado que sean excrementos producto de la LOGSE. Uno de ellos me acusa de muchas cosas, aunque sé que lo hace para tocar las pelotas, lo cual no sólo me parece respetable sino que me reconcilia un poco con la raza humana. El segundo hablaba sobre el peligro de las opiniones que vertía Federico Jiménez Losantos, y el tercero criticaba el tono de las opiniones expresadas en Intereconomía alegando que llegaban al insulto. El tocapelotas se reconoce de izquierdas, el segundo se declara apolítico y lleva a gala no votar aunque no es sospechoso de socialismo, y el tercero es poco probable que milite en Izquierda hUndida. Los tres, cada uno a su manera, y cada uno de alguien distinto, protestan por el tipo de comentarios que unos y otros hacemos de ciertas cosas.

Al tocapelotas siempre le contesto “gracias” cuando me acusa de alguno de los defectos que ya he admitido, porque muchos de esos supuestos pecados no sólo no me lo parecen sino que además los llevo a gala.

Al segundo me abstuve de llamarle democristiano pastelero de mierda, pero me costó.

Al tercero conseguí no recomendarle la lectura de Pumbi durante una semana para que se entere de lo que es bueno.

Lo preocupante es la tendencia. Son los tres, y muchos otros españoles por extensión, víctimas de la apestosa opinión publicada que pasa por opinión pública en lo que queda de país. Que las pocas voces discordantes, aunque la mía sea la más bajita de todas, con la asquerosa corrección política progre que se ha instalado desde hace ya muchos años en lo que hace las veces de información que nos vomitan desde los medios, merezcamos la calificación de faltones y peligrosos hace que uno pierda la poca esperanza que tiene en que podamos hacer algún día de España un país en el que merezca la pena vivir. Que nos acusen de ello cuando decimos que la justicia en España es un montón de mierda lento y politizado, que el gobierno socialista que hemos sufrido durante siete años y medio debería estar enterito en el banquillo por uno o más delitos contra los gobernados, que la policía está podrida, que las autonomías son un nido de, como poco, vividores infames; que Cuba es una dictadura asquerosa, que el Islam es el mayor enemigo de la sociedad occidental, democrática y judeocristiana; que el comunismo y el socialismo no reparten más que pobreza y otra serie de obviedades empíricamente demostradas no es más que, a su vez, la demostración de que uno de los problemas fundamentales de la sociedad española, prisionera del miedo a significarse nacido del franquismo, es su incapacidad de llamar a las cosas por su nombre.

Recordando al padre, que en paz descanse, de uno de mis críticos: Llamar a un hijo de puta hijo de puta no es ser mal hablado, es definir de forma exacta al fruto del vientre de una meretriz.  Cualquiera puede equivocarse en sus apreciaciones, o puede tener diferencias de opinión con quien expresa sus convicciones. Es un derecho recogido en la constitución el que podamos publicar a los cuatro vientos nuestras opiniones, sean las que sean, y estoy hasta los santos cojones de que los almodóvares de este país puedan llamar asesino a un presidente del gobierno o decir que se planeaba un golpe de estado y encima les aplaudan y que cuando otros decimos otras cosas que para nosotros son bastante más ajustadas a la realidad nos acusen de faltones, peligrosos y fachas.

Es por todo ello que quiero dedicar las últimas letras de esta barbaridad de hoy a los políticamente correctos: Anda y que os folle un burro, gilipollas.

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