Esto lo arreglo en dos patadas

Sentido común es indignarse cuando te toman por tonto.

¿Cuánto vale el sueño?

Este fin de semana nos han cambiado el horario, como viene siendo habitual al comienzo de la primavera y al comienzo del otoño, y una vez más hemos podido ver en la tele un montón de noticias sobre la cantidad de dinero y energía que se ahorra gracias a estos cambios. Y que todo el mundo lo hace, y si lo hace todo el mundo será porque es bueno. Lo siento, no me creo nada.

Dejando aparte el argumento del millón de moscas, yo todavía no he visto por ningún lado ningún estudio serio sobre si ese ahorro es real o no, o si ese ahorro es realmente un ahorro general o sólo para algunos sectores que tienen más peso en la “economía real” que el común de los pringaos al cual pertenezco. Porque yo sí que me he echado las cuentas, y yo sí valoro ciertas cosas que los grandes economistas no tienen a bien incluir en sus hojas de cálculo.

Para un hogar normal, la luz cuesta lo mismo por la mañana que por la tarde, y me da igual encender una bombilla a las siete de la mañana que a las siete de la tarde, así que me da exactamente igual que me amanezca un poco antes o me anochezca un poco antes, las horas que tengo que consumir electricidad son exactamente las mismas, a priori. Pero no, en realidad estoy gastando más, porque yo tengo críos pequeños y además voy ya para mayor, y entre que los niños no entienden de relojes y que mi cuerpo tiene hambre y sueño cuando lo tiene y no cuando dice el gobierno de turno, el resultado es que acabo teniendo la luz encendida durante más horas, puesto que los niños me despiertan antes y mi cuerpo se empeña en dormirse después. O viceversa, según sea el cambio.

El resultado neto para las economías domésticas de estos cambios es económicamente adverso, y no sólo económicamente, puesto que duermo menos, me cuesta más esfuerzo arrancar por las mañanas o cerrar el chiringuito por las noches y en general me fastidia la vida al menos durante unos días hasta que el cuerpo vuelve a coger el nuevo ritmo. ¿Cuánto vale la productividad que pierde mi empleador porque llego más dormido de lo habitual por las mañanas? ¿Cuánto vale el esfuerzo extra que me cuesta poner a los niños en orden de revista para llevarlos al cole? ¿A cuánto se cotiza el rato de berreo porque no se quieren ir a la cama? ¿Ha calculado alguien el precio de una hora de sueño perdida?

Si no fuera porque esto viene de antes de ZP y Rubalcaba, alguien podría maliciarse que es una estrategia diseñada para que estemos aún más apijotados de lo normal y que no nos demos cuenta de que nos la están dando con queso. Hay mucho mal pensado por el mundo.

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